sábado

La mujer de los hermanos Reyna



Eli baja sus ardientes y carnosas piernas de las mías, que son más bien flacas y zambas por andar tanto a caballo. Coge la cajetilla de cigarros y el encendedor, de ahí ajusta mi sombrero a la altura de mis cejas, luego lo sube hasta la mitad de mi frente, lo ladea nomás tantito y me dice, vente, extendiéndome su mano, la cual tomo, con miedo a quebrarla, a pesar de encontrarse incluso más dura y callosa que la mía, y eso ya es mucho decir. Digo, el que sea comisario de Estación Naranjo no significa que haya sido un flojonazo toda mi vida, al contrario, hubo un tiempo en que sí trabajé y de eso me enorgullezco, ya que el trabajo pesado le forja a uno el carácter, de eso no cabe duda, pero ahora me estoy dando un merecido descanso. Por eso acepté ser comisario de Estación Naranjo.

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